Perfeccionistas obsesivos de estudio


La historia de la música ha dejado algunas pildorillas (y no precisamente de Prozac) de genios que, buscando la excelencia durante la grabación de un disco, han acabado como las famosas “maracas de Machín” por su perfeccionismo obsesivo.

El más conocido de todos es Brian Wilson, el alma de los Beach Boys, considerado como uno de los mitos vivientes de la música popular del siglo XX. Wilson mostró desde muy temprana edad su enorme talento para componer (pese a sufrir un 96% de sordera en el oído derecho) y hasta los Beatles acabaron reconociendo su influencia.

Pero la perfección obsesiva del líder de los Beach Boys tuvo su pico más alto durante la grabación de “SMile”. Su ofuscación por lograr la pureza de sonido, grabando una y otra vez las piezas en el estudio, acabó con Wilson sufriendo episodios graves de locura y frustrando la publicación del disco.

El líder de los “festivos” Beach Boys pasó las siguientes décadas sin levantarse de la cama, durmiendo, comiendo y drogándose en cantidades industriales, tratado por el famosos psiquiatra Eugene Landy, que le atiborró de electroshocks y psicotrópicos. “SMile” acabó publicándose en 2004, tan sólo 37 años después.

“Till I Die”, canción en la que Brian Wilson se define como “un corcho en el océano”

Otro caso de perfeccionismo obsesivo fue Lee Mavers de The La’s. A finales de los 80 los británicos pasaron a la historia del britpop con su primer y único disco, fruto de una grabación más que accidentada. Al parecer, tras firmar contrato con Go Records, la banda se mete en el estudio y Mavers se dedica a grabar obsesivamente una y otra vez cada canción sin alcanzar nunca el grado de satisfacción que buscaba. Después de cuatro largos años la casa de discos se harta, secuestra las cintas y lo publica en 1990 sin el consentimiento Mavers. Pese a obtener grandes elogios de la crítica, el líder de The La’s acabo tildando su propia obra de “una mierda”.

“There She Goes” de The La’s, canción admirada por Elvis Costello

El otro obseso de la perfección es Kevin Shields de My Bloody Valentine. La banda de Dublín se traslada a Londres y despacha “Isn’t anything”, con el que consiguen imponerse en el mapa indie. Pero luego llegó la dramática grabación de “Loveless”, en el que intervienen hasta un total de 14 ingenieros de sonido. El coste de la grabación (medio millón de euros) arruina a la discográfica y la banda desaparece, para regresar 17 años después sin haber logrado grabar ni una sola nueva canción desde entonces. Pese a todo, Shields no parece haber curado su carácter obsesivo y en 1995 MBV fichó por Island, que desembolsó otro medio “kilo” de libras en un disco que no llegó a ver la luz jamás.

“Soon” de My Bloody Valentine, grupo fetiche de Sofía Coppola

 

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2 respuestas a Perfeccionistas obsesivos de estudio

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